UNA HISTORIA DE VIDA
Pinceladas de Dios
en mi vida
Algunas experiencias que fueron marcando el camino de Adrián y su relación con Dios.
Hay acontecimientos que, cuando suceden, parecen simplemente formar parte de nuestra historia. Pero con el paso de los años pueden adquirir un significado diferente.
Adrián llama a esos momentos “Pinceladas de Dios en mi vida”: experiencias que fueron dejando una huella y construyendo su manera de comprender la vida, el alma y su relación con Dios.
ANTES DE ADRIÁN
Una vida que comienza cuando parecía terminar
La historia comienza con Francisca, la madre de Adrián.
Francisca nació sin signos de vida. Su madre, Angélica, permanecía junto a ella creyendo que había perdido a su hija.
Era un 4 de octubre, día de San Francisco de Asís. Según el relato familiar, una religiosa que pasó por aquel lugar se acercó a Angélica y le aseguró que aquel día nadie moriría en el hospital.
La religiosa sopló suavemente sobre los labios de la niña y, contra lo esperado, la pequeña comenzó a respirar.
En recuerdo de aquel día recibió el nombre de Francisca.
EL COMIENZO DE SU HISTORIA
El nacimiento de Adrián
A los 19 años, Francisca atravesó una experiencia profundamente dolorosa: fue víctima de una violación. Como consecuencia de aquella agresión quedó embarazada.
Por temor a que su padre tomara represalias contra los responsables, guardó silencio sobre lo sucedido. Fue juzgada injustamente y terminó alejada de su hogar.
En esas circunstancias nació Adrián.
Nació con labio leporino, una condición que en aquella época estaba rodeada de prejuicios y desconocimiento. Francisca tuvo que enfrentar sola muchas de las dificultades de aquellos primeros años.
LOS PRIMEROS AÑOS
Una vida que vuelve a ser preservada
Las condiciones de vida de Francisca eran muy difíciles. La falta de trabajo y la responsabilidad de criar sola a su hijo hicieron de aquellos años un período complejo.
Según recuerda Adrián a partir de la historia familiar, durante su primera infancia ocurrió otro episodio que pudo haber terminado con su vida.
Una situación extrema llevó a que fuera sumergido en una bañera. La llegada de uno de sus tíos permitió rescatarlo.
Adrián sobrevivió.
Una segunda pincelada en una historia que apenas comenzaba.
CÓRDOBA Y BUENOS AIRES
Entre una madre y una abuela
Con el tiempo Francisca se casó con el señor López, quien dio su apellido a Adrián.
Sin embargo, las circunstancias familiares hicieron que Adrián, siendo todavía muy pequeño, fuera enviado desde Córdoba a Buenos Aires.
Años después Francisca viajó para buscarlo. Adrián tenía entonces cuatro años.
En la estación, mientras el tren se preparaba para partir, el pequeño Adrián miraba alternativamente a las dos personas que representaban su mundo: su madre y su abuela.
Era demasiado pequeño para comprenderlo, pero aquella despedida también quedaría grabada en su historia.
UNA VOCACIÓN TEMPRANA
“Quiero ser sacerdote”
A los cinco años, durante una misa en Buenos Aires, Adrián sintió por primera vez con claridad el deseo de ser sacerdote.
A los doce años ingresó en un seminario para menores. Con el tiempo se alejó, aunque años después, alrededor de los veintidós, volvió a intentarlo.
Su búsqueda espiritual continuaba, aunque su camino no parecía encontrarse definitivamente dentro del seminario.
EL CAMINO
La misión estaba afuera
Adrián nunca dejó de sentir aquella conexión con Dios.
Con el paso del tiempo comenzó a comprender que quizá su camino no consistía en permanecer dentro del seminario, sino en vivir su espiritualidad en el mundo cotidiano.
Compartir experiencias. Escuchar. Reflexionar. Acompañar a otras personas.
Muchas décadas después, esa búsqueda continúa tomando forma en El despertar del alma.
Tal vez algunas respuestas no estén lejos.
Tal vez también estén dentro nuestro.